13 sept. 2013

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Ayer se me cayó el mundo encima. Fui a la revisión con la ginecóloga para tener a alguien en Colonia que controlara mi segundo embarazo aunque la idea era tenerlo en Madrid. Buscamos a alguien que hablara en inglés (eso de que todo el mundo aquí lo habla es una trola como una pianola) y dimos con una que parecía competente. Llevaba varios días con mal presentimiento, esos pálpitos raros que me dan y con sueños pesados y dolorosos. Pero me dije: "son bobadas. Ponte un vestido alegre y no seas tonta. Todo va bien". 

Después un mes iba a poder ver de nuevo al bichín. Tras un momento de oscuridad, ahí estaba: su cabeza, su cuerpo sus extremidades. Un muñequito perfecto. Pero estaba tan ensimismada mirando aquella maravilla que no me fijé en lo básico hasta que escuché "Su corazón no late" y "Lo siento, no se mueve". Me invadió un sentimiento de angustia, de querer quemar la ciudad y marcharme. Todo se paró. Dejé de sentir mi cuerpo como mío. Estaba sola, aguantando el abrazo de una doctora a la que conocía hacía cinco minutos sin entender qué había pasado y por qué me sucedía esto. No había tenido pérdidas, ni dolores ni nada. Sólo ese maldito presentimiento.

Hemos cancelado las vacaciones. Nos íbamos el sábado una semana los tres tras un año de espera. Pero las cosas no salen como uno quiere ni espera.  El domingo me intervienen. Vamos a Madrid. Mi ginecólogo valorará el proceso y luego entraré en fase de recuperación.  No quiero seguir escuchando frases de sois jóvenes, tenéis tiempo, es mejor así antes de que viniera mal o meter a Dios en todo esto. No es lo que mi cuerpo ni mi mente siente. Era un embarazo deseado y mucho y no hay palabras que ahora mismo puedan consolarme.

Necesito tiempo. Tiempo para curarme y cuidarnos mutuamente. Necesito volver a casa.